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Contra el vulgo

De niños y móviles

Ayer, queridos azotes, nos informaron de que en Inglaterra se ha prohibido la comercialización de un teléfono móvil para niños y niñas de 4 a 8 años. Se argumenta que el uso habitual de los celulares puede dañar el tejido craneal que aún no está formado. Mi desconocimiento médico no me permite opinar sobre la veracidad de esta información pero si que nos ha de resultar curioso que un niño de esa edad tenga un teléfono móvil.
Cuando el teléfono móvil todavía no había llegado a ser de uso habitual para el vulgo, se consideraba como un símbolo máximo de autonomía y prestigio. Sobre el prestigio que da un móvil a cualquier miembro del vulgo ya hablaremos otro día, hoy centrémonos en la autonomía. Nadie pondrá en duda que el aparatito en cuestión es terriblemente útil para los padres a la hora de localizar a sus hijos e hijas adolescentes ya que estos a partir de ciertas edades empiezan a moverse con bastante libertad y autonomía. Pero bien, ¿qué utilidad puede tener un móvil en manos de un niño de 4 a 8 años? En teoría, y en la práctica, los niños de esas edades están siempre acompañados de un adulto que se responsabiliza de ellos por lo tanto carece de sentido que los pequeños tengan un aparato cuya mayor virtud, objetivamente hablando, es la de dar autonomía. Posiblemente a muchos padres y madres miembros (y miembras) del vulgo les resulte especialmente gracioso ver a sus niños de 4 años con su telefonito de verdad, una imagen que a todos nos debería resultar grotesca. Poniéndome en lo peor, ¿estarán pensando algunos padres y madres dar libertad de movimientos a sus hijos e hijas de estas edades? El vulgo no conoce límites en su sandez y ha encontrado en el móvil uno de sus elementos más representativos.

Del vulgo

¿Qué es el vulgo? Ay azotes, difícil pregunta. El vulgo es el Lucifer de nuestros tiempos y como él (o ella) puede adoptar diferentes formas. Pongamos algunos ejemplos para hacernos una idea. Forman parte del vulgo personas tan diversas como aquella mujer a la que le hace ilusión que la entrevisten el primer día de rebajas, o ese chico joven que sólo piensa en el sábado para ir a la discoteca a lucir sus patillas y su coche tuneado, o también todo ese grupo de falsos eruditos que dicen cosas como “yo leo, no como otros, tengo todos los libros de Coelho y Stephen King”. Pero estas no son las únicas formas que puede adoptar el vulgo, lamentablemente cada día éstas son más diversas y pueden ir desde el hombre moderno y amanerado (conocido por la extraña forma léxica de metrosexual) hasta el periodista con más reconocimiento. Ya veis que en estos tiempos que corren es francamente difícil delimitar al vulgo. Por eso, os animo a que caminéis por la calle e identifiquéis al vulgo y gritad a los cuatro vientos: ¡Yo no soy como ellos!